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jueves, 27 de septiembre de 2012

Vestida de Novia

María Candelaria Domínguez fue la muchacha más hermosa de mi aldea, era una morena preciosa de ojos que parecían dos luceros al despuntar el alba, sus labios como granadillos en flor reventaban al fulgor de unos  dientes de nácar, sus trenzas de azabache entrelazadas en largos listones de colores caían hasta sus torneadas corvas, un lunarcillo como pintado traía en el pómulo izquierdo, no era alta más bien bajita, ah, si la hubieras visto paisano, haz de cuenta que estás viendo a la Virgen del Rosario.

- Pero toma tu copa de mezcal paisano, pues con tanta agua que le echa aquí Don Ursulino, se pone amargo cuando se le deja bastante tiempo.

- ¿Y que pasó con aquella prieta don Puli?

- ¿Se fue al cielo sembrándome la muerte en el alma, murió en el día de nuestra boda.

- Y yo la maté paisano, yo la maté.

- Pero no dice que la amaba tanto.

- Más que a mi vida misma, paisano, más que a mi vida misma.

- ¿Entonces por qué la mató?

- Pide otra botellita, porque ésta que tenemos ya se acabó y te contaré mi terrible desgracia que me pesa como la lápida de una tumba

El hombre con los cabellos completamente blancos, sacó un pañuelo sucio y se secó las lágrimas que brotaron de sus ojillos amarillentos bloqueados por los párpados hinchados.

-  ¿Y  cómo la mató Don Puli, a balazos o a puñaladas?

-  ¡Oh no!, yo no fui capaz de matarla, si fue la mujer que más amé en la vida.

-  Como quince días antes de casarnos, ella tomó su cántaro y se fue por agua al pozo, cuando llegó bajo el sombreado guanacastle donde estaba el pozo y se inclinó para llenar el cántaro, fue cuando vio una enorme culebra de unos cinco metros de largo y grueso como un morillo, traía la piel brillante de centenarios de oro que emitían destellos mágicos, ella soltó el cántaro y cayó desmayada ahí mismo.

-  Así lo encontró su padre, cuando llego al pozo a oír su grito.

-  Cuando ella despertó y contó lo sucedido, su padre le dijo que aquel animal, era el tótem que cuidaba los manantiales y que era escogida la persona que lo llegara a ver, y la persona que lo veía tenía la oportunidad de tomar una vara y pegarle, diciéndole que dejara esa fortuna que llevaba en la piel, para cubrir su pobreza, entonces el animal desaparecía mágicamente y dejaba la piel con los centenarios de oro.

-  Increíble y fantasioso, verdad paisano.
-  Claro, eso es algo increíble y que ya nadie puede creer a estas alturas. Así lo pensé y así se lo hice saber a mi futuro suegro que era en ese entonces más viejo que yo.

-  Pero a raíz de ese susto, mi adorada novia se enfermó, una calentura que pasaba las rayitas de ese tubito que usan los doctores, la devoraba y la hacía ver visiones, pues decía en su delirio que unos señores viejísimos y barbados se la querían llevar a su extraño mundo, a menos que ella les entregara ciertas ofrendas que ellos necesitaban.

-  ¿Y qué eran esas ofrendas, don Puli?

-  Eran cuarenta huevos de gallina y cuarenta limones, que tenían que dejar a las doce de la noche a una hondura que se encontraba a veinte kilómetros de distancia y que si no cumplía con las ofrendas, ellos se la llevarían a su mundo.

-  Mi futuro suegro que creía en aquellas supersticiones y al escucharlas en los labios de su hija en su momento de lucidez, no dudó ni un instante de prometer entregar aquellas ofrendas y arrodillándose ante su altar prometió ir a entregarlas dentro de quince días aquellos huevos, pues apenas había pasado una peste que acabó por completo con todas las aves de corral en aquellas rancherías.

-  Yo fui por el doctor al pueblo y a los tres días mi novia estaba completamente restablecida.

-  Ya veo que te sirvieron la otra botella, destápala por favor, quiero hundirme en el olvido.

-  Don Puli, si esos recuerdos dolorosos le hacen  daño, olvídelo y platiquemos de otras cosas.

-  No paisano, al contrario, cuando le cuento a alguien mi desgracia, siento que se aligera esto que aplasta mi alma.

En la lejanía se oyó el canto triste de un gallo.
Pulicarpo Martínez cerró sus cansados ojos y en su boca desdentada se dibujo la amargura de una sonrisa.

 -  Ah, si la muerte quisiera llevarme ahora, sería el hombre más feliz y ahorita mismo estaría al lado de mi amada.

Abatido puso la cabeza sobre la mesa, luego su esquelético cuerpo se conmocionó con un llanto amargo.
Ya repuesto siguió narrando:

-  Tres días antes de la boda, fui a ver a mi novia en su rancho, ya tenía yo preparado todo, su vestido blanco, las invitaciones, tenía conseguido todos los padrinos que se necesitaban, el pastel y los chocolates ya estaban encargados, sólo esperaba el día más feliz de mi vida, el día de mi boda con mi adorada María Candelaria.

-  Cuando llegue al rancho, mi suegro me recibió y luego me dijo:

-  Pasado mañana, el mero día de tu boda, vence la fecha para ir a dejar esas ofrendas Pulicarpo y yo no he podido conseguir todos los huevos, pues con la epidemia se murieron todas las ponedoras y no hallo como conseguir el resto y eso que ya recorrimos los otros ranchos.

-  Yo me reí de su estúpida creencia, y le dijo que las medicinas del doctor fueron las que la habían sanado y no aquella promesa que él había hecho; yo paisano, si no tuve escuela, pero sí salí a otras partes, a otras ciudades, ¿por qué crees que hablo bien el español?, ¿por qué crees que me sé muchos chistes?, ¿a dónde crees que adquirí todos mis conocimientos de la vida?, porqué salí paisano, los viajes, las andanzas nos abren los ojos, nos sacan de la ignorancia, rompemos la oscuridad de la mente, ¡que maldita sea mi civilización!, porque arrogante le dije a mi futuro suegro, que aquella creencia era absurda, fuera de razón, además le dije ¿a dónde vamos a conseguir esos dichosos huevos? Si usted mismo dice que ya anduvo por todas las rancherías sin conseguirlos.

-  En mi mismo rancho no quedó ninguna gallina viva suegro, mi madre tuvo más de cien gallinas que eran parte de nuestros bienes, así que olvídese de esa absurda creencia y vamos a discutir los demás puntos para que la boda sea la más concurrida de la región, pues aunque somos pobres, tenemos muchos amigos importantes, luego le entregué unos treinta y cinco duros, de aquellos duros de antes, para que comprara lo que hiciera falta y con todos aquellos movimientos, mi suegro se olvidó del asunto.

-  Ya en la antevíspera de mi boda mi novia cayó en cama nuevamente, volvió la calentura que rebasaba el termómetro y mi novia en su apuro pedía perdón a aquellos señores viejísimos y barbados que adustos le reclamaban las ofrendas.

-  Mi suegro loco de dolor me reprochó la sugerencia que le había dado, desesperado tomé mi caballo y me lancé a otros pueblos a conseguir aquellos huevos.

-  Cuando regresé, encontré a mi novia vestida de blanco en el día de nuestra boda, me esperaba, pero tendida en el altar, ¡muerta paisano, muerta!, aquellos ojos de lucero se habían cerrado para siempre, para siempre, hasta ahorita, en mis noches de desvarío la sueño paisano, la veo siempre como una aparición cubierta con un velo transparente, radiante de hermosura, sentada en la ribera de un lago azul, contemplando arrobada, los cisnes que giran cadenciosos en la superficie del lago y yo en la otra ribera, tratando con un loco frenesí de que me vea y cuando sus ojos me descubren, la luz inunda mi negra alma y me lanzo al lago para estar a su lado.

Pero en el agua peces voraces me arrancan pedazos de carne y ya descarnado, logro salir del lago y cuando llego al lugar donde ella estaba sentada, ella ha desaparecido, desesperado la busco por el confín de aquel jardín paradisíaco, una obscuridad inunda mi mente y la desesperación se posesiona de mi alma y con desgarradores gritos le pido que me perdone y que vuelva a mi lado y sólo me responde el silencio, un silencio sepulcral que me tritura el alma, de pronto, aquel jardín se convierte en una jungla inhóspita, dónde sólo se escuchan el rugido de las fieras y el lamento de los chacales.

El cielo se cubre de oscuros nubarrones y una tormenta se desata con todas sus fuerzas, la tempestad ruge sobre mi cabeza, un rayo destroza un enorme árbol que salta de cuajo sobre su tronco, un viento helado azota mi cuerpo descarnado y con un grito desgarrador imploro al cielo que me mande la muerte y es cuando despierto temblando de miedo y dolor y busco desesperado mi botella de mezcal, donde guardo el dulce olvido.

Por eso yo camino en la oscuridad, paisano, por eso yo deambulo por éste negro mundo como un fantasma, por eso yo no tengo dentro del alma ningún reposo, porque estoy maldito paisano, por eso yo me emborracho todos los días para olvidar mi tragedia, por eso yo…

El hombre se derrumbó, los sollozos convulsionaban su débil y viejo cuerpo y cansado de tanto llorar se quedó dormido. 

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