A Efrén le gustaba mucho las
mujeres, no le importaba que fueran feas, guapas, gorda, altas o chaparras,
viudas, solteras o casadas, para Efrén, todas las mujeres eran iguales.
Él era alto, medio güero y
barboso, cargaba un bigote espeso bien recortado, era medio briago el indio de
la sierra, venía de un lugar donde el gozo del hombre es tener muchas mujeres,
mezcales por garrafas y valor de enfrentarse a la muerte como los verdaderos
hombres, no en balde eran varones.
Cuando el dinero le fallaba, lo
solucionaba vendiendo ganado de su padre, al fin que su papá tenía cientos de
ganado regados por todo el “Cerro Siete”, tanto ganado tenía el viejo que ni él
mismo sabía cuánto era.
Su padre era un viejo curtido en
el rudo trabajo de la ganadería, cuando veía a su hijo en problemas de faldas le decía con un tono sentencioso: “algún día
Efrén, Dios te va a castigar por engañar a las mujeres”, ya ves que por ese
vicio nunca estás en casa ni atiendes tu trabajo, pero un día de éstos, te vas
a llevar una terrible experiencia, ya ves que te vas de noche y regresas ya de
madrugada.
“Ya mero voy a dejar de ser
querendón con las mujeres, pues por algo soy varón ¿no papá?, decía Efrén
riéndose de su padre, luego se salía corriendo de la casa dejando a su padre
hablando solo.
***
Una madrugada lluviosa, a eso de
las tres de la mañana, los peones de la hacienda del Cerro Siete despertaron
por unos gritos espantosos, los peones asustados fueron a despertar al patrón,
el viejo al oír los gritos dijo preocupado:
-
Ese grito es de ese mal nacido de Efrén, ojalá que no lo hayan
macheteado por allí… vamos a buscarlo
Todos salieron con hachones de
ocotes encendidos para buscar al enamorado, buscaron en todo el llano sin
encontrar al joven perdido, entonces subieron al cerro, al llegar a un paraje
abrupto, allí notaron que los gritos provenían de un alto peñasco saturado de
espinos y magueyales, los hombres más bravos subieron a duras penas al agresivo
peñasco y cuando lograron llegar a la cima, encontraron a Efrén completamente
desnudo y cubierto de profundas heridas sangrantes, como si un tigre lo hubiera
acariciado en todo el cuerpo con sus garras.
Noventa días estuvo Efrén como enloquecido y después de su lento
restablecimiento, éste cambio radicalmente sus costumbres, de noche no podía ni
salir a la esquina de su casa, pues le daba miedo toparse con aquella hermosa
mujer, con quien se topó en aquella aciaga noche, que con hechizos y engaños se
lo llevó en aquel peñasco que en ese momento de gozo Efrén creyó que era un
hermoso jardín de suave césped donde se revolcó con aquella hermosa mujer
disfrutando de un amor terrible y salvaje.
Después que las aguas volvieran a
su cauce y la ansiedad de Efrén se calmó, fue cuando se percató de que aquellas
finas y suaves manos de su amada eran pezuñas de cabra bien afiladas, que en
cada caricia que le prodigaba la carne se le abría, haciéndole lanzar aquellos
aterradores gritos.
Fue la Matlasihua la que te
llevó, le reprochó su padre, por eso yo te recomendaba que no anduvieras a
altas horas de la noche por el cerro.
Con aquella experiencia a Efrén
Lozano no le quedaron ganas de andar enamorando mujeres, ni siquiera quiso
acercarse a sus consentidas que vivían cerca de su casa, por el temor de que
fuera una Matlasihua disfrazada.

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