Dicen que en las noches se escuchaba su lamento. Que principalmente cuando había luna, y apenas las campanas de la catedral habían dado la queda, la quietud nocturna se rompía con largos y doloridos gritos de tristeza. Eran sonidos de ultratumba, tan agudos que se escuchaban a la vez lejanos, a la vez cercanos, como si aquella mujer les estuviera llorando al oído. Entonces la piel se llenaba de miedo y el corazón latía con rapidez. Nadie se atrevía a salir; todos cerraban sus puertas y ventanas mientras rezaban Padres Nuestros y se invocaba el nombre de Dios para tratar de alejar a los espíritus malos.
Era el siglo XVI, consumada ya la conquista de México. Los vecinos de la ciudad de México despertaban a media noche, llenos de temor, a causa de un dolor muy hondo que recorría las calles; un dolor que llegaba transformado en gritos de remordimiento. Era una mujer, quizá un fantasma, o un ánima en pena atormentada por los siglos de los siglos, cuyo castigo era no encontrar descanso.
Los más valientes se asomaban por los resquicios de las ventanas; algunos se animaron a salir, a mirar de lejos y ser testigos de aquella aparición que vagaba por callejuelas, por plazas y por callejones, y que se dirigía hasta la catedral. Allí, se hincaba lentamente, mientras su vestido blanco y su velo blanquísimo la cubrían completamente. Ella parecía rezar, pedir perdón por algo que traía clavado en lo más profundo de su pecho, y entonces gritaba nuevamente. Mirado hacia el terreno consagrado, lanzaba su grito atormentado que llenaba el aire y el terror de todos.
¡Ay, mis hijos...!
Ése era su grito, su dolor intenso que debía exclamar todas las noches, como si fuera una penitencia impuesta por Dios o por el diablo.
Nadie sabía quién era esa mujer, pero todos la llamaban La Llorona.
Esta leyenda se remonta siglos atrás. En un principio, se aseguraba que su pena se debía a una traición; a asuntos inconclusos que había dejado en vida, por eso debía recorrer todas las noches las largas y oscuras calles de la capital mexicana: caminar despacio, trabajosamente, como si arrastrara un costal lleno de culpas, o como si sus pies estuvieran amarrados con cadenas, pesadas y punzantes, hechas con el metal de sus pecados.
Su condena sería no encontrar jamás el descanso eterno; ése que se destina a los justos y a los santos. En su lugar, tendría que pasear sus culpas, gritar el motivo de su suerte para que todos se enteraran. Por eso hincaba sus rodillas frente a la catedral; por eso lloraba con esa pena amarga y sin consuelo; por eso se dirigía hacia el gran lago y allí desaparecía. Ésa era su penitencia... aunque nadie sabía el motivo de aquella sentencia.
En realidad, la tradición de La Llorona se remonta a tiempos prehispánicos. Según narran Sahagún y Muñoz Camargo, en relatos recogidos de boca de los propios indios, diez años antes de la llegada de Cortés, sucedieron ocho presagios que anunciaron la destrucción del gran imperio. Los dos últimos fueron comunicados a Moctezuma, quien se llenó de terror y supo que su fin estaba cerca.
Tales presagios o señales se trataron de una columna de fuego ardiente que comenzaba en la tierra y se alargaba hasta el cielo, sin que nadie lograra ver dónde acababa. Esta visión, que aparecía al mediodía y terminaba al alba, duró un año entero, tiempo en el que los mexicas hicieron actos de penitencia y gritaron angustiosamente.
El segundo presagio fue el incendio del templo de Huitzilopochtli, su dios de la guerra, el cual, sin aviso alguno, comenzó a arder con llamas tan intensas, que los esfuerzos por apagarlas fueron infructuosos: quedó convertido en cenizas.
El tercero se trató de la caída de un contundente rayo sobre el templo de Tzonmolco, consagrado a Xiuhtecutli. Era un día claro, sin nubes en el cielo, y no existió otro relámpago. Pero el templo quedó destruido.
El siguiente presagio fue una oleada de cometas, cuyas caudas eran tan largas y tan delgadas, que no se lograba ver el final. El quinto fue una gran tempestad en el lago, cuyos efectos ocasionaron inundaciones desastrosas. Sin embargo, ni un solo viento, ni pequeño ni grande, anunció la catástrofe.
El séptimo presagio consistió en la captura de un ave parecida a una grulla, con plumaje gris. Lo que la hacía particular era que sobre su cabeza se levantaba una diadema similar a un espejo, en el que Moctezuma observó las estrellas. En una segunda mirada, encontró a hombres extraños, levantados y listos para la guerra, que eran acompañados por animales desconocidos.
La señal número ocho fue la aparición de fenómenos inquietantes: dos hombres unidos en un solo cuerpo; o bien, hombres con dos cabezas. Estas visiones fueron frecuentes, pero apenas eran llevadas ante el gran Moctezuma, desaparecían frente a los ojos llenos de temor de la corte imperial.
Pero quizá el presagio más angustioso y desconcertante, y el único que sobrevivió a la llegada de los españoles, fue la señal número seis.
Se trató de la voz de una mujer. Una presencia fantasmal que durante las noches paseaba su dolor por las calles de la gran capital azteca. Su lamento era penetrante, y su grito inconfundible. Entre lágrimas, sollozos y suspiros, atravesaba el silencio con su honda plegaria: “¡Oh, hijos míos! ¡Nuestra pérdida es total y segura!”; “¡Hijos míos! ¿A dónde podría llevaros y ocultaros?”.
Del mismo modo, el mismo Sahagún refiere la historia de la diosa Cihuacoatl, la cual “aparecía muchas veces como una señora compuesta con unos atavíos como se usaban en Palacio: decían también que de noche voceaba y bramaba en el aire... Los atavíos con que esta mujer aparecía eran blancos, y los cabellos los tocaba de manera, que tenía como unos cornezuelos cruzados en la frente”.
Una vez que la conquista fue consumada, esta leyenda se convirtió en parte del folclor. Era tiempo de supersticiones, de apariciones de fantasmas y demonios, de castigos emitidos por la Santa Inquisición, y del surgimiento de una religión católica que mezclaba los ritos y creencias infundidos por los misioneros españoles, con la profunda religiosidad de los nativos. Era una época oscura, como oscuras fueron sus leyendas.
Rápidamente, nacieron diversas versiones sobre la identidad de esta mujer errante que arrastraba su dolor.
Algunos dijeron que era el alma de una madre que había asesinado a sus hijos; que los había sumergido en el lago hasta arrancarles los últimos respiros. Por ello, su castigo era pasar la eternidad lanzando gritos de pérdida y arrepentimiento.
Otros más aseguraban que tal espectro no era nadie más sino Doña Marina, es decir, la Malinche: condenada a vagar sobre la tierra para pagar el pecado de haber traicionado a su propia raza.
Según diferentes, versiones, era una joven enamorada que había muerto en vísperas de su matrimonio, y le traía a su esposo la corona de rosas blancas que jamás logró ceñirse. También afirmaban que era la viuda muerta que venía a llorar el destino de sus hijos. O bien, la fiel esposa, cuya muerte la había sorprendido en ausencia de su marido; su urgencia era depositar sobre los labios de su esposo un último beso de amor. Un beso de adiós, y también de tormento.
Finalmente, se rumoraba que el espectro de largas y blancas vestiduras era una mujer desgraciada, asesinada por su marido celoso; ella regresaba todas las noches a lamentar su suerte y a gritar su inocencia.
Esta tradición ha llegado hasta nuestros días. En todos los lugares del país, en todos los pueblos y caseríos; en barrancas y montes y desiertos, La Llorona extiende su manto de temor, su grito de angustia, llora sus penas.
Gente de los lugares más variados asegura haberla escuchado. Dicen que cuando se acerca, la luna brilla más, como si quisiera alumbrar su camino: iluminar sus pasos muertos. Entonces, los perros ladran, el viento arrastra murmullos, y la piel se eriza. El corazón comienza a latir de prisa sin ninguna razón, y en el aire se percibe la angustia. De pronto, la noche se acorta, empujada por todos los miedos, y por fin se escucha su grito. Un grito largo, apagado y vivo como si la mujer estuviera siendo torturada sin fin: ¡Ay, mis hijos...!
La Llorona no envejece. Su historia y su mito siguen vivos en todos los mexicanos. Se trata de una de las leyendas más ricas y antiguas. Parte de un folclor mexicano que se nutre de aparecidos, de pueblos fantasmas, de monedas de oro enterradas y resguardas por almas en pena; de curanderos que se convierten en animales salvajes.
La leyenda de la mujer de blanco que vaga por las calles gritando su dolor es una historia viva, rica en versiones, que se acrecienta por todas las bocas, por multitud de recuerdos. Es una tradición que seguiremos oyendo en alguna noche, cuando menos lo esperemos; cuando la luna esté llena y el alma apretada.
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