María Candelaria Domínguez fue la
muchacha más hermosa de mi aldea, era una morena preciosa de ojos que parecían
dos luceros al despuntar el alba, sus labios como granadillos en flor
reventaban al fulgor de unos dientes de nácar, sus trenzas de azabache entrelazadas
en largos listones de colores caían hasta sus torneadas corvas, un lunarcillo
como pintado traía en el pómulo izquierdo, no era alta más bien bajita, ah, si
la hubieras visto paisano, haz de cuenta que estás viendo a la Virgen del
Rosario.
- Pero toma tu copa de mezcal
paisano, pues con tanta agua que le echa aquí Don Ursulino, se pone amargo
cuando se le deja bastante tiempo.
- ¿Y que pasó con aquella prieta
don Puli?
- ¿Se fue al cielo sembrándome la
muerte en el alma, murió en el día de nuestra boda.
- Y yo la maté paisano, yo la maté.
- Pero no dice que la amaba tanto.
- Más que a mi vida misma, paisano,
más que a mi vida misma.
- ¿Entonces por qué la mató?
- Pide otra botellita, porque ésta
que tenemos ya se acabó y te contaré mi terrible desgracia que me pesa como la
lápida de una tumba
El hombre con los cabellos
completamente blancos, sacó un pañuelo sucio y se secó las lágrimas que
brotaron de sus ojillos amarillentos bloqueados por los párpados hinchados.
-
¿Y cómo la mató Don Puli, a
balazos o a puñaladas?
-
¡Oh no!, yo no fui capaz de matarla, si fue la mujer que más amé en la
vida.
-
Como quince días antes de casarnos, ella tomó su cántaro y se fue por
agua al pozo, cuando llegó bajo el sombreado guanacastle donde estaba el pozo y
se inclinó para llenar el cántaro, fue cuando vio una enorme culebra de unos
cinco metros de largo y grueso como un morillo, traía la piel brillante de
centenarios de oro que emitían destellos mágicos, ella soltó el cántaro y cayó
desmayada ahí mismo.
-
Así lo encontró su padre, cuando llego al pozo a oír su grito.
-
Cuando ella despertó y contó lo sucedido, su padre le dijo que aquel
animal, era el tótem que cuidaba los manantiales y que era escogida la persona
que lo llegara a ver, y la persona que lo veía tenía la oportunidad de tomar
una vara y pegarle, diciéndole que dejara esa fortuna que llevaba en la piel,
para cubrir su pobreza, entonces el animal desaparecía mágicamente y dejaba la
piel con los centenarios de oro.
-
Increíble y fantasioso, verdad paisano.
-
Claro, eso es algo increíble y que ya nadie puede creer a estas alturas.
Así lo pensé y así se lo hice saber a mi futuro suegro que era en ese entonces
más viejo que yo.
-
Pero a raíz de ese susto, mi adorada novia se enfermó, una calentura que
pasaba las rayitas de ese tubito que usan los doctores, la devoraba y la hacía
ver visiones, pues decía en su delirio que unos señores viejísimos y barbados
se la querían llevar a su extraño mundo, a menos que ella les entregara ciertas
ofrendas que ellos necesitaban.
-
¿Y qué eran esas ofrendas, don Puli?
-
Eran cuarenta huevos de gallina y cuarenta limones, que tenían que dejar
a las doce de la noche a una hondura que se encontraba a veinte kilómetros de
distancia y que si no cumplía con las ofrendas, ellos se la llevarían a su
mundo.
-
Mi futuro suegro que creía en aquellas supersticiones y al escucharlas
en los labios de su hija en su momento de lucidez, no dudó ni un instante de
prometer entregar aquellas ofrendas y arrodillándose ante su altar prometió ir
a entregarlas dentro de quince días aquellos huevos, pues apenas había pasado
una peste que acabó por completo con todas las aves de corral en aquellas
rancherías.
-
Yo fui por el doctor al pueblo y a los tres días mi novia estaba
completamente restablecida.
-
Ya veo que te sirvieron la otra botella, destápala por favor, quiero
hundirme en el olvido.
-
Don Puli, si esos recuerdos dolorosos le hacen daño, olvídelo y platiquemos de otras cosas.
-
No paisano, al contrario, cuando le cuento a alguien mi desgracia,
siento que se aligera esto que aplasta mi alma.
En la lejanía se oyó el canto
triste de un gallo.
Pulicarpo Martínez cerró sus
cansados ojos y en su boca desdentada se dibujo la amargura de una sonrisa.
- Ah,
si la muerte quisiera llevarme ahora, sería el hombre más feliz y ahorita mismo
estaría al lado de mi amada.
Abatido puso la cabeza sobre la
mesa, luego su esquelético cuerpo se conmocionó con un llanto amargo.
Ya repuesto siguió narrando:
-
Tres días antes de la boda, fui a ver a mi novia en su rancho, ya tenía
yo preparado todo, su vestido blanco, las invitaciones, tenía conseguido todos
los padrinos que se necesitaban, el pastel y los chocolates ya estaban
encargados, sólo esperaba el día más feliz de mi vida, el día de mi boda con mi
adorada María Candelaria.
-
Cuando llegue al rancho, mi suegro me recibió y luego me dijo:
-
Pasado mañana, el mero día de tu boda, vence la fecha para ir a dejar
esas ofrendas Pulicarpo y yo no he podido conseguir todos los huevos, pues con
la epidemia se murieron todas las ponedoras y no hallo como conseguir el resto
y eso que ya recorrimos los otros ranchos.
-
Yo me reí de su estúpida creencia, y le dijo que las medicinas del
doctor fueron las que la habían sanado y no aquella promesa que él había hecho;
yo paisano, si no tuve escuela, pero sí salí a otras partes, a otras ciudades,
¿por qué crees que hablo bien el español?, ¿por qué crees que me sé muchos
chistes?, ¿a dónde crees que adquirí todos mis conocimientos de la vida?,
porqué salí paisano, los viajes, las andanzas nos abren los ojos, nos sacan de
la ignorancia, rompemos la oscuridad de la mente, ¡que maldita sea mi civilización!,
porque arrogante le dije a mi futuro suegro, que aquella creencia era absurda,
fuera de razón, además le dije ¿a dónde vamos a conseguir esos dichosos huevos?
Si usted mismo dice que ya anduvo por todas las rancherías sin conseguirlos.
-
En mi mismo rancho no quedó ninguna gallina viva suegro, mi madre tuvo
más de cien gallinas que eran parte de nuestros bienes, así que olvídese de esa
absurda creencia y vamos a discutir los demás puntos para que la boda sea la
más concurrida de la región, pues aunque somos pobres, tenemos muchos amigos
importantes, luego le entregué unos treinta y cinco duros, de aquellos duros de
antes, para que comprara lo que hiciera falta y con todos aquellos movimientos,
mi suegro se olvidó del asunto.
-
Ya en la antevíspera de mi boda mi novia cayó en cama nuevamente, volvió
la calentura que rebasaba el termómetro y mi novia en su apuro pedía perdón a
aquellos señores viejísimos y barbados que adustos le reclamaban las ofrendas.
-
Mi suegro loco de dolor me reprochó la sugerencia que le había dado,
desesperado tomé mi caballo y me lancé a otros pueblos a conseguir aquellos
huevos.
-
Cuando regresé, encontré a mi novia vestida de blanco en el día de
nuestra boda, me esperaba, pero tendida en el altar, ¡muerta paisano, muerta!,
aquellos ojos de lucero se habían cerrado para siempre, para siempre, hasta ahorita,
en mis noches de desvarío la sueño paisano, la veo siempre como una aparición
cubierta con un velo transparente, radiante de hermosura, sentada en la ribera
de un lago azul, contemplando arrobada, los cisnes que giran cadenciosos en la
superficie del lago y yo en la otra ribera, tratando con un loco frenesí de que
me vea y cuando sus ojos me descubren, la luz inunda mi negra alma y me lanzo
al lago para estar a su lado.
Pero en el agua peces voraces me
arrancan pedazos de carne y ya descarnado, logro salir del lago y cuando llego
al lugar donde ella estaba sentada, ella ha desaparecido, desesperado la busco
por el confín de aquel jardín paradisíaco, una obscuridad inunda mi mente y la
desesperación se posesiona de mi alma y con desgarradores gritos le pido que me
perdone y que vuelva a mi lado y sólo me responde el silencio, un silencio
sepulcral que me tritura el alma, de pronto, aquel jardín se convierte en una
jungla inhóspita, dónde sólo se escuchan el rugido de las fieras y el lamento
de los chacales.
El cielo se cubre de oscuros
nubarrones y una tormenta se desata con todas sus fuerzas, la tempestad ruge
sobre mi cabeza, un rayo destroza un enorme árbol que salta de cuajo sobre su
tronco, un viento helado azota mi cuerpo descarnado y con un grito desgarrador
imploro al cielo que me mande la muerte y es cuando despierto temblando de
miedo y dolor y busco desesperado mi botella de mezcal, donde guardo el dulce
olvido.
Por eso yo camino en la oscuridad,
paisano, por eso yo deambulo por éste negro mundo como un fantasma, por eso yo
no tengo dentro del alma ningún reposo, porque estoy maldito paisano, por eso
yo me emborracho todos los días para olvidar mi tragedia, por eso yo…
El hombre se derrumbó, los sollozos
convulsionaban su débil y viejo cuerpo y cansado de tanto llorar se quedó
dormido.